Pep Carrió diseña la marca Loqueleo, el nuevo sello infantil de Santillana tras la venta de Alfaguara

24/03/16
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Estoy de pie, frente a mi biblioteca. La imagino como un caleidoscópico muro de lomos comprimidos tratando de sobresalir para ser identificados rápidamente por el lector, en un intento callado de seducción. Esta caótica barrera evidencia solo el principio de la enorme complejidad del mundo del libro, tan antiguo como nuestra civilización occidental y cuya muerte se ha vaticinado tantas veces como nuevos medios y soportes digitales han ido saliendo a la luz.

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Los tiempos han cambiado, reclaman en la editorial Santillana: “han aparecido nuevas formas de leer, nuevos soportes de lectura y nuevas formas de relacionarse los lectores entre sí, compartiendo un territorio común y una forma de vivir y de ser a través de los libros”. En este entorno, se han atrevido a lanzar Loqueleo, su nuevo proyecto iberoamericano de literatura infantil y juvenil heredero del catálogo de Alfaguara Infantil, el sello que nació en España en 1977 y que cambiará de nombre y de marca tras ser vendido al grupo Random House. No en vano presume de  tener un amplio catálogo editorial clásico y contemporáneo dividido por series adecuadas a la edad del lectorado.

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Antes

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Después

El nombre es acertado, no cabe duda. Para muestra no estadística, un botón: mi hija de siete años no tuvo la menor dificultad en entenderlo; ni tampoco en captar su mensaje. Tiene dos acepciones: “soy loqueleo” para identificar la ansiada relación con el joven lector; y “Loqueleo Santillana” para la colección de libros y también su relación con los padres y profesorado, los imprescindibles árbitros en todo programa de lectura infantil y juvenil.

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Diferentes colores para diferentes edades

Santillana –una multinacional que vende más de cien millones de libros al año– echó mano del Estudio Pep Carrió para desarrollar el nombre, la identidad visual, los conceptos de comunicación y la campaña de lanzamiento. El resultado es esperablemente sencillo, muy tipográfico, en especial el evidente y simpático guiño del logotipo: un pequeño lector frente a su libro, trazado prácticamente como una tilde invertida.

Es de agradecer que el pequeño símbolo del libro abierto sea respetuoso con la tipografía identitaria, Pluto, publicada por Hannes von Döhren en 2011. Me pregunto, de todos modos, si no hubiera sido preferible mantener los extremos del símbolo ligeramente inclinados para acercarlo aún más al carácter de la fuente. Seguro lo habrán probado Pep Carrió et al.

También se agradece la simplicidad de la codificación por color de las seis series, si bien me parecen extrañamente similares el amarillo de +6 y el naranja de +10. ¿No hubiera sido más apropiado optar por un magenta? Aplicado en grandes superficies no deja margen para el error, pero no así en las más pequeñas.

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Es complejo imponer una nueva identidad a libros previamente catalogados, diseñados o que se traducen de ediciones en otros idiomas. Encuentro muy acertado reciclar el símbolo para codificar los libros e identificar el sello sin ser invasivos. Recordemos que suelen ser libros de poco lomo, complicando la identificación a la que me refería al inicio del texto. Lo han resuelto con el símbolo circular que atraviesa el estrecho lomo por el centro, prolongándose hacia la portada y contraportada. Un filete de color en la portada y junto al lomo, identifica la serie y redondea elegantemente el diseño editorial, recordando –estoy seguro– la gran codificación de Alfaguara creada por Enric Satué a finales de los 70.

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En los lomos, el símbolo circular se prolonga hacia la portada y contraportada

Hay cariño por el papel, no hay la menor duda, y las ilustraciones de Isidro Ferrer, Javier Olivares y Ricardo Cavolo son un claro ejemplo de lo evocadoras que pueden ser las historias de los libros. Fueron elaboradas para el lanzamiento, especialmente el video, aunque desearía que pudieran ser recicladas y ampliadas en mayor medida; a juzgar por el uso que Loqueleo hace de éstas en su página de Facebook, han quedado rezagadas en la realidad.

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En este orden: illustraciones de Ricardo Cavolo, Isidro Ferrer y Javier Olivares

Regreso a mi biblioteca evidencia de que soy lo que leo; mejor dicho, somos –y me refiero a toda mi familia– lo que leemos. Y me doy cuenta de una injusta realidad: los logotipos o símbolos editoriales deben desplegarse adecuadamente tanto en lomos delgados como en lomos gruesos. Estos últimos tienen más lienzo para expresar la marca, pero no debieran condicionar la estandarización de toda una serie a la que le faltará espacio con frecuencia. Por eso me gusta la solución de los lomos de Loqueleo; me los imagino colocados uno junto a otro, rápidamente identificables, y empiezo a salivar con algunas de sus lecturas, aunque la serie más alta, +14, me quede algo lejos: Momo, Charlie y la fábrica de chocolate, El último tren a Zúrich… 

Somos lo que leemos, así que seguiré tratando de ser.

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